Sanidad en jaque I

Para muchos de los que nacimos de la mano del Sistema Nacional de Salud resulta desconcertante ver el sistemático ataque al que está siendo sometido durante los últimos meses. Desde la llegada de las derechas al poder regional y nacional el Sistema de Salud ha llegado a considerarse “inviable”“insostenible”  o “chapuza”, mientras que desde el exterior la percepción es radicalmente distinta. Nuestro sistema no sólo es universal, moderno y eficaz sino que la OMS lo sitúa el sexto más eficiente a nivel mundial.

A pesar de ello, algunos sectores de la sociedad consideran que el gasto sanitario es excesivo en estos tiempos de crisis y proponen el copago como impuesto sobre el servicio, a pagar por el usuario. Los más moderados proyectan una tasa de carácter disuasorio para evitar el abuso al que, dicen, se somete el sistema. En realidad, disuasoria o recaudatoria, esta medida no es solo injusta y cruel sino que es ciegamente cortoplacista. Es injusta porque obliga a hacer un esfuerzo económico superior al enfermo, cuando es evidencia médica que la prevalencia de enfermedad es mayor en las personas de bajo nivel socioeconómico. Es cruel porque tasa el bienestar de una persona que acude al sistema necesitada en un momento de debilidad. Y por encima de todo es un desastre de planificación sanitaria a largo plazo. La gran mayoría de los avances en medicina de los últimos tiempos se basan en la detección y tratamiento precoz, teniendo en cuenta que una biopsia, una pastilla o sencillamente el cambio en el estilo de vida a tiempo, ahorra sufrimiento al enfermo y dinero al sistema. El aplazamiento de una consulta de atención primaria origina más tarde costosos tratamientos oncológicos, farmacológicos o quirúrgicos que aumentarán el gasto sanitario.

Desde JSE-Egaz Zona Minera creemos que la universalidad de la sanidad española, su libre acceso y su internacionalmente reconocida eficiencia son un motivo de orgullo y defendemos la necesidad de mantenerlos como tales. En este sentido deberían tomarse en consideración medidas como las que propuso Rubalcaba en su programa, dirigidas a optimizar los recursos. Por ejemplo, fomentar la compra de medicamentos, productos sanitarios, equipos y tecnologías asistenciales de manera centralizada; implantar criterios comunes de eficiencia energética; financiar sólo el medicamento eficaz más barato o mejorar la gestión de los cobros del SNS a terceros.

Es cierto que el gasto sanitario será mayor en el futuro, el aumento de la esperanza de vida y la cronificación de enfermedades antes mortales precisarán que desarrollemos nuevas estrategias. Pero nuestra sanidad pública no es un lujo como quieren hacernos creer, sino un derecho, otorgado por nuestra recién homenajeada Constitución. De modo que, en la medida de lo posible, tratemos de encontrarle a este problema salidas por la izquierda.

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