En medio de la incertidumbre

El pasado 15 de mayo, cientos de jóvenes se reunieron en diversas ciudades para reclamar profundas reformas en el panorama socioeconómico. El apoyo de personas de diferentes edades e ideologías ha dado continuidad a lo que es ya un movimiento social que se mira en el espejo de las exitosas concentraciones de algunos países árabes.

La decisión de expresar de esta manera el hastío que un gran número de personas siente por la política se enmarca en el conjunto de opciones que tienen los descontentos para hacerse oír. Y es que, con un bipartidismo muy marcado, se necesitan contundentes golpes de efecto para que esta percepción se tambalee en la mente de las personas. La manifestación es una forma legal y efectista, que, por su continuidad, ha comenzado a incomodar a los estandartes del bipartidismo que ya buscan puntualizaciones para limitar un derecho constitucional.

Túnez y Egipto son dos ejemplos que incitan a la concentración, pero hay que tener en cuenta la diferencia de los contextos. En estos países, el insistente movimiento social consiguió desbancar dictaduras asentadas, contra las que las razones para una protesta reiterada eran más poderosas, ya que los derechos básicos y la calidad de vida eran –y aún son- menores. Un buen ejemplo para entender la diferencia es la protesta de la Asociación de comerciantes textiles que pide el desalojo de los manifestantes de la Puerta del Sol. Este hecho hubiese sido impensable en un lugar donde se carece de libertad y bienes básicos. Pero, cuando estos factores están garantizados, pedir más ya no es tan apremiante.

Si se siguen utilizando como referencia los dos países africanos, no se debe pasar por alto que a la defenestración de los dictadores no ha seguido una democratización de sus gobiernos. Y mientras en Túnez aún no se ha depurado por completo el Ejecutivo, en Egipto todavía comanda el país una junta militar. De ello se debe deducir que las protestas pueden impulsar a algunas reformas políticas, pero no a la garantía de que los logros no sean más que difusos avances.

Con el fin de que el ‘Movimiento 15-M’ pueda conseguir alguno de sus objetivos, capeando la antipatía de algunos ciudadanos y adversas lagunas legales, las reivindicaciones deben ser coherentes con sus posibilidades de fructificación. Hasta el propio Rajoy señaló que algunas reclamaciones son negociables. Además, si el movimiento presume de ser plural, dando cabida a conservadores descontentos y convencidos troskistas, el equilibrio debe regir las propuestas presentadas. No creo que sea oportuno hablar de República, por innegociable e impopular entre los sectores del movimiento más tradicionalistas. Si los manifestantes se esfuerzan en la consecución de algunas reformas sociales y políticas factibles, y después se encargan de supervisar su mantenimiento, se habrá cristalizado una primera fase de logros impelidos desde la calle, a la que otras personas en el futuro podrán plantearse dar continuidad.

La falta de perspectiva temporal nos atasca en el presente, y nos olvidamos de que hay un mañana. En muchas ocasiones, se reivindican derechos que en el momento presente no son viables, pero hacia los que se puede caminar asentando las bases de un proceso que futuras generaciones deberán continuar. Incluso la democracia ha necesitado el esfuerzo de varias generaciones para encontrar cabida en el planteamiento político de los estados.

Los manifestantes de la Puerta del Sol y otros lugares cuentan con el tiempo. La lección que aporta la historia es que su transcurso es una carrera hacia delante. Cada vez, hay más estados democráticos, los derechos sociales, económicos y políticos cuentan, con el paso de las décadas, con una mayor implantación, se busca el destierro de la violencia como instrumento de coacción política. Todos estos datos deben invitar al trabajo, pero al trabajo paciente, porque una labor coherente a favor del cambio puede motivar que lleguen nuevas reformas políticas, acorde con la inercia de la historia. Pero si esa tarea se descuida a favor de una búsqueda descabellada de cambios, el choque entre instituciones políticas y manifestantes puede frenar los avances. No se trata de ambicionar un definitivo ‘Mayo del 68’, sino de lograr que un anhelo de progreso recorra el espíritu de los ciudadanos y continuos pequeños ‘mayos’ contribuyan a la evolución natural de la sociedad.

Erlantz

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